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MIDES respalda la misión del Hogar San José, donde el abandono encuentra un refugio

MIDES respalda la misión del Hogar San José, donde el abandono encuentra un refugio

  • En el Hogar San José, administrado por las Misioneras de la Caridad, cada actividad tiene el propósito de mejorar la calidad de vida de personas que, en muchos casos, fueron olvidadas por la sociedad.
 
  • El hogar alberga actualmente a 52 residentes entre niños, jóvenes y adultos con discapacidad severa. Muchos llegaron tras ser abandonados.
 

Panamá, 31 de julio de 2026. Hay lugares donde el tiempo parece detenerse. No por la quietud, sino porque cada minuto está dedicado a cuidar una vida.


Basta cruzar el portón del Hogar San José, administrado por las Misioneras de la Caridad, para entender que allí la rutina tiene otro significado. Sus pasillos impecables, las paredes sencillas y las inconfundibles túnicas blancas con franjas azules anuncian que este es un lugar donde el servicio es una forma de vida.


«Bienvenidos, Dios los bendiga», dice con una sonrisa serena la madre Gabriela Rita Bossi, mientras inicia un nuevo día. No es un saludo de protocolo; es la manera en que recibe a cada visitante, voluntario o funcionario que llega dispuesto a sumar esfuerzos en favor de quienes más lo necesitan.


Son apenas las primeras horas de la mañana y la casa ya está despierta. Después del aseo personal y el desayuno comienza una jornada cuidadosamente organizada. Algunos residentes se dirigen a terapia física para fortalecer músculos y recuperar movilidad. Otros reciben terapia ocupacional o sesiones de fonoaudiología que les ayudan a desarrollar habilidades para comunicarse y ganar mayor autonomía.


En otro espacio, la maestra Lily acompaña a los niños en la pequeña escuelita del hogar, donde de 7:30 de la mañana a 10:30 desarrollan actividades educativas adaptadas a sus necesidades. Más tarde llegan las dinámicas recreativas y los ejercicios planificados junto al Instituto Panameño de Habilitación Especial (IPHE), porque aquí aprender también significa jugar, compartir y descubrir nuevas capacidades.


Cada actividad tiene el propósito de mejorar la calidad de vida de personas que, en muchos casos, fueron olvidadas por la sociedad.


El hogar alberga actualmente a 52 residentes entre niños, jóvenes y adultos con discapacidad severa, que son atendido bajo estricto rigor de protección. Muchos llegaron tras ser abandonados, vivir en condiciones de extrema pobreza o por decisión de las autoridades debido a situaciones de vulnerabilidad familiar. Entre ellos hay ocho niños de entre cinco y dieciséis años. Algunos han crecido dentro del sistema de protección tras superar la espera de una oportunidad de adopción que nunca llegó.


En este hogar nadie es un expediente.

 

Cada residente tiene un nombre, una historia y un equipo humano que conoce sus necesidades, celebra sus avances y enfrenta cada desafío con paciencia y dedicación.


La labor diaria sería imposible sin el compromiso de las hermanas misioneras, así como de los terapeutas, docentes, cuidadores, voluntarios y estudiantes de colegios y universidades que realizan aquí su servicio social. Cada uno aporta tiempo, conocimientos y afecto para construir un ambiente donde la dignidad ocupa siempre el primer lugar.


Un trabajo articulado entre el Estado y la sociedad

 

El Ministerio de Desarrollo Social (MIDES), a través de su equipo técnico y de profesionales como la trabajadora social Elsi Ibarra, mantiene un acompañamiento permanente al hogar mediante la coordinación interinstitucional, el fortalecimiento del personal y el seguimiento de los casos sociales.


Este trabajo se desarrolla junto con entidades como SENNADIS, SENNIAF, el Ministerio de Salud y otras instituciones, garantizando una atención integral para una población que requiere cuidados especializados. Además, se impulsan procesos de capacitación del recurso humano y la conformación de un comité de emergencias en coordinación con el Sistema Nacional de Protección Civil (SINAPROC), fortaleciendo la capacidad de respuesta y la seguridad de los residentes.


Para la ministra de Desarrollo Social, Beatriz Carles de Arango, acompañar el Hogar San José de las Misioneras de la Caridad significa mucho más que brindar asistencia técnica. Es respaldar una misión que devuelve dignidad a quienes alguna vez fueron invisibles y reafirmar que la protección social solo es posible cuando las instituciones trabajan de manera coordinada.


Al finalizar la visita, la madre Gabriela Rita Bossi vuelve a despedirse con la misma serenidad con la que recibió a todos.


Su agradecimiento no es únicamente para quienes trabajan cada día dentro del hogar. También alcanza a los voluntarios, las empresas, las instituciones y cada persona que, con una donación o unas horas de servicio, contribuye a sostener esta obra de amor.


Al salir, queda la sensación de haber recorrido mucho más que un edificio.


Se ha recorrido un lugar donde el abandono encuentra refugio, donde la discapacidad no define el valor de una persona y donde cada jornada comienza, simplemente, con una sonrisa, una bendición y la convicción de que servir al prójimo sigue siendo la forma más profunda de transformar vidas.